A los 16 Ana ya tenía un hijo. Había sufrido abusos. Me marcó ese llanto que no salió y lo que se dijo con silencio. En 2° era alumna mía. Un viernes falté y me mandó wa diciendo que necesitaba hablar. Quedamos para el lunes, pero el lunes no fue.

Le escribí: Ana estaba embarazada. Fue el médico quien le dió el contacto de unas mujeres que hacen eso que él “no se permite hacer y no recomienda”, tremenda hipocresía. En un café recibió indicaciones y, por una módica suma, las pastillas. Ana me buscó el viernes, para que la ayude a decidir y a accionar.

El lunes ya eran dos días desde que las había tomado. Sangre y dolor corrían por el cuerpo de una Ana con miedo. Esa tarde fuimos al hospital, con sus 18 no necesitamos a nadie más. Ella no contaba con nadie más.

“Yo sé que no quiero otro hijo, ya tengo la mía y mi sobrina. Me cuidaba con el chip, pero al sacármelo el médico me dijo que recién podría quedar embarazada dos meses después. Pero no, quedé embarazada ahí nomás. Cuando le dije a mi novio, enseguida empezó con mudarse a mi casa y me vi en una vida que no elegí.”

Repasamos qué decir. En un momento de silencio disparó: ¿En su alrededor todas las mujeres son así? Aún resuenan esas palabras. Le hicieron un raspaje.  Al día siguiente la fue a ver una psicóloga de “profesionales por el derecho a decidir”.

Ana y yo continuamos hablando mucho. 

Clara. Profe. La Rioja. 

Tremenda hipocresía