Sacrificios humanos, crímenes religiosos

La suerte de MG, la mujer entrerriana con una insuficiencia cardíaca grave por una malformación congénita, que solicitó un aborto terapéutico según lo establece el art. 86 del Código Penal vigente, demuestra lo poco que les importa la vida de las personas concretas a la gente que se llena la boca con la baba abstracta de “la defensa de la vida desde la concepción”. Después de meses de internación y aislamiento para mantener un embarazo que ponía en grave riesgo su salud, cuya interrupción en defensa de su propia vida y con la indicación médica correspondiente le fue negada, MG fue sometida a una cesárea a las 27 semanas de gestación “para evitar mayor deterioro de su salud”.

Pocos días después del regocijado anuncio de Cynthia Hotton, congratulándose por salvar la vida del niño por nacer, MG sufrió un accidente vascular cerebral que le causó la parálisis de la mitad izquierda del cuerpo (e ignoro qué otros daños). No conozco las últimas noticias, pero en todo caso, tenemos como resultado del supuesto salvataje altruista, una mujer joven paralítica en el puerperio del nacimiento de una niña prematura, gestada en condiciones de insuficiencia circulatoria grave de la madre, es decir, comprometida en su desarrollo y maduración por el escaso tiempo de gestación intrauterina y las condiciones en que ésta transcurrió. Ambas, víctimas directas del salvaje salvacionismo que requiere
milagros y sacrificios humanos para sostener su fe e imponerla como verdad a quienes confían en el buen tino y la capacidad ética de las mujeres, las únicas que pueden y deben tomar sus propias decisiones de vida, aunque se jueguen la muerte. No respetan ni su vida, ni su aptitud para decidir sobre sí mismas, las tratan como seres subalternos.

El dios de los salvajes defensores de “los niños por nacer” ni siquiera les garantiza la vida si no son destinados y conducidos a nacer y sobrevivir por la mujer que los gesta. Destinar un embarazo al nacimiento es la obra del trabajo deseante de la mujer que así le da humanidad singular a eso que prolifera en ella. Da vida a alguien. Una vida, no “la” vida.
Distingue el proceso biológico impersonal, de una persona que será incorporada a su grupo social como su hijo/a, porque tiene el poder de hacerlo. Otra cosa –una imposición ilegal, un ejercicio de poder impune- es que al impedirle la interrupción (legal) del embarazo, desalojen a MG del privilegio de ser donante voluntaria de la condición humana universal: que al nacer, el/la que se separa y parte de la unión fusional agrega valor a la que abandona.

Este es, en cambio, a un nacimiento caníbal, cuyos “autores” se llevan puesto el cuerpo de la madre. Difícil marca para la beba, si logra sobrevivir.

MG –y también su familia – fue sacrificada en el altar de “lavidadesdelaconcepción”. Obligada a pagar con su vida el pecado sexual de un embarazo que no podía llevar adelante sin amenguar su propia vida. Su motilidad, su salud, su posibilidad de vivir y criar un hijx con alegría le son arrebatadas por la crueldad y el odio de los piadosos cristianos.
Sabemos dónde están los asesinos. Hay que cuidarse de ellos.

Juicio y castigo.

Martha Rosenberg
Buenos Aires, 6/12/2011

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