Diario NE – NOTIEXPRESS de Rosario, 16/06/05.

Por Virginia Giacosa

Como Romina Tejerina, en la ciudad, cuatro mujeres mataron a sus hijos tras declararse desesperadas, de 2002 para acá. Romina Tejerina, jujeña, fue condenada a 14 años de prisión por matar a puñaladas a su bebé engendrado en una violación. Hija de un padre severo y agresivo fue criada bajo el látigo acusador de que «las mujeres son todas putas» y que, como el resto, en cualquier momento «iba a aparecer embarazada». Como si fuera un mandato empecinado, Romina empezó a gestar un bebé. La decisión no fue planeada y ni por asomo deseada. En todo caso, se trató de una germinación trágica que tuvo el mismo final. Por miedo o por lo que pudiera decir la gente del pueblo y su familia, ocultó su panza. Se fajó durante siete meses y con esa timidez que todavía la mete hacia adentro, nunca habló de su embarazo con nadie. El parto fue prematuro, la mañana del 23 de febrero de 2003, en el baño de su casa. Allí la encontró su hermana, con el cuerpo chorreado de sangre y transpiración. Al lado, una trincheta y una caja de zapatos con el bebé adentro. Ya le había dado 17 puñaladas. Que la nena tenía la cara del violador, fue lo único que pudo decir. La historia de Romina encarna un debate que escapa a toda lógica: el filicidio.

Cuatro casos cercanos.

Entre el 2002 y el 2004 ocurrieron en Rosario cuatro hechos tan complejos como inexplicables. Como la Medea de la tragedia griega, la filicida mítica por excelencia, que por vengar el engaño de su esposo arremete sobre el cuerpo de sus propios hijos, cuatro mujeres de la ciudad mataron a los suyos. Una se suicidó, otra fue declarada inimputable y dos están presas. Según el artículo 34 del Código Penal no es punible «el que no haya podido, en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputable, comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones».

Para la psicóloga Adriana Herrero, «hablar de una persona inimputable es borrar su subjetividad y convertirla en un NN». La definición no parece inadecuada si pensamos que el encierro en un psiquiátrico es una condena tanto peor que la que se purga en el sistema penitenciario. Sin embargo, el debate de la inimputabilidad en los casos de filicidio plantea bordes débiles y difusos. Tan frágiles como el mundo desbordado que existe detrás de cada una de las historias de estas mujeres.
19 de septiembre de 2002.

Isabel Ledesma estaba desempleada y vivía en Pellegrini al 700 con su hijo Martín de 14 que sufría una discapacidad motriz. Un día cualquiera, Isabel asfixió a Martín y desapareció de la casa dejando una carta en la que reconoce el homicidio, pide perdón y admite no «dar más». Una semana después el cuerpo de Isabel apareció sin vida en el Paraná.

16 de febrero de 2002

«Maté a la nena ayer a la mañana. La tengo en casa, en el placard. Vení a ayudarme», le dijo un día Stella Maris González a su cuñada. Rocío, tenía 7 años cuando su mamá de 44 la estranguló con un lazo de tela y la metió envuelta en una frazada dentro del placard. Stella Maris era ama de casa, vivía en barrio Belgrano con su esposo Arturo y sus dos hijos, Jeremías y Rocío. Hacía tiempo que estaba en tratamiento por una depresión profunda pero que no le impedía dedicarse al cuidado de la casa y la familia. Cuando la detuvieron, Stella Maris, le dijo a los policías «ya no tenía qué darles de comer, lo hice para terminar con las penurias». Al principio se la declaró punible, pero después de dos años la Justicia alcanzó la opinión contraria y se determinó su inimputabilidad.

19 de septiembre de 2004

Mirta tenía 40 años y vivía en la miseria extrema de la villa de Acevedo al 1200 bis. En el fondo de su precaria casa encontraron enterrado un bebé recién nacido. Ella confesó haberlo matado a puntazos con una tijera. Tenía otros diez hijos y aunque las pericias determinaron que el acto podía provenir de una psicosis posparto, sigue detenida.

6 de octubre de 2004
María Elisa Bárzola de 28 años tenía dos hijas: Daniela de 5 y Mariana de 9 y estaba embarazada de tres meses. Eli, como la conocían en el barrio, una noche mató a las nenas e intentó suicidarse. Mariana -hija de su anterior esposo- agonizó durante cinco días y Daniela murió en el acto.

Vivía en un Fonavi de Cerrito al 5500 con Julio, su pareja, un ex policía de 32 años. Hace una semana el juez de Instrucción Jorge Eldo Juárez la procesó por doble homicidio calificado por el vínculo y por alevosía. De acuerdo a esta calificación, Eli, sería condenada a la pena máxima: prisión perpetua.

En una carta que entregó a los médicos que la trasladaron en una ambulancia la noche del crimen hizo responsable a su marido de la determinación. Dijo que «desde los 7 años se sentía sola, sin afecto, un cero a la izquierda». Lo inexplicable «Siempre se busca comprender. Pero estos hechos son como querer comprender lo incomprensible de la conducta humana», dictamina el psiquiatra forense Carlos Elías. Aunque el filicidio es un acto que está presente en la historia del ser humano y en toda cultura, el asesinato de un hijo no tiene explicación. Si bien, en el Código Penal no existen diferencias si el acto es cometido por el padre o la madre, en la órbita de lo social la condena es más fuerte cuando la figura de la mujer aparece en el centro de la escena y ya no existe lugar para la justificación. Algo de lo antinatural asoma y provoca una ruptura abrupta con lo que sería la función materna. Según la psicóloga Isabel Monzón, «no existe un instinto materno, sino que el sentimiento de maternidad es social y cultural, se construye y se da de distinta manera según la historia personal y su contexto histórico». Estos actos en que las madres se cancelan como tales destartalan cualquier entendimiento. Como el grito de la Medea de hace veinticinco siglos atrás abrió un abismo cercano al infierno.

La tragedia engendrada
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