¿Qué hay detrás de la polémica acerca de la despenalización del aborto? ¿Qué es lo que de verdad se pone en juego en la sociedad frente a un tema como éste? Ahora que todo pareciera indicar que el gobierno de la ciudad de México fortalece su perfil más progresista y democrático apoyando una propuesta que ha sido punta de lanza de los grupos más comprometidos de nuestros país, con el feminismo a la cabeza, ahora, decía, nuestros compatriotas más retrógrados, los ultramontanos de siempre, se calzan la armadura de cruzados -que tienen siempre a mano, ¡faltaba más!- y salen a la defensa del oscurantismo.

¿Qué muestra este enfrentamiento? Más allá de la propuesta presentada ante la Asamblea Legislativa del DF, más allá de la campaña en contra desatada por la Iglesia católica y sus portavoces, con procesiones, rosarios y amenazas, más allá de lo anecdótico de uno y otro lado, hay varios elementos que confluyen en el debate y que es preciso considerar: estamos ante un problema ético que tiene que ver con la concepción del ser humano y con la autonomía de las personas; pero, al mismo tiempo, estamos ante un asunto jurídico, un asunto de salud pública y un asunto de justicia social. Los términos y niveles del diálogo (o falta de éste) se mezclan y confunden muchas veces haciendo difícil un intercambio de verdad productivo.
Uno de los aspectos ‘morales’ del tema tiene que ver con la discusión sobre en qué momento del embarazo se considera que el producto es un ser humano. ¿Desde el momento de la concepción? ¿Cuando se implanta en el endometrio, a los 14 días aproximadamente? ¿Cuando comienza a desarrollarse el sistema nervioso central? ¿A partir de la octava semana cuando se habla ya no de embrión sino de feto? ¿A partir del tercer mes en que ya puede detectarse cierta actividad cerebral? ¿Al sexto mes, cuando se convierte en un feto ‘viable’, es decir, que sería capaz de sobrevivir fuera del útero materno? ¿En el momento del nacimiento? La gestación es un proceso continuo que hace difícil señalar un momento preciso en que comienza a existir la persona, por eso se considera éste un argumento ‘resbaladizo’. Como acuerdan la mayor parte de los filósofos, por muy amplio que sea el concepto de ‘persona’ que utilicemos, difícilmente pueda considerase como tal al feto durante los primeros meses de gestación. Incluimos entre los filósofos al propio Santo Tomás de Aquino, quien era partidario de la ‘animación retardada’, es decir, que defendía la idea de que el ‘alma’ encontraba la materia adecuada para dar origen realmente a un ser humano hacia las ocho semanas de embarazo, en el caso de los varones, y a las diez para las mujeres.
‘Que nos dejen siquiera el derecho de elegir libremente si queremos irnos al cielo o al infierno’, comentaba una profesora a propósito de la condena de la Iglesia a las mujeres que abortan. ¿Quién puede decidir sobre el cuerpo de las mujeres? ¿Quién tiene derecho a hacerlo que no sean ellas mismas? Y el problema moral se vuelve aquí jurídico. No despenalizar el aborto, permitir que las mujeres lo hagan en condiciones insalubres, atenta contra los derechos individuales básicos.
Como tema de salud pública es imprescindible además que, en caso de ser aprobada, la nueva legislación sea acompañada de una decidida política de educación sexual que incluya como puntos básicos la prevención de embarazos y el cuidado frente al VIH-sida. No son lápices, cuadernos o becas lo que necesitamos para solucionar el problema, como ofrecieron algunas almas caritativas: ¡son métodos anticonceptivos!
Qué hay detrás de la polémica acerca de la despenalización del aborto, (me) preguntaba yo al inicio de estas líneas. Y con la pregunta aún en el aire leo las nuevas noticias que llegan de Ciudad Juárez; leo, por ejemplo, las declaraciones del asesino de una de las niñas, al salir en libertad después de cumplir una condena de ¡3 años! (‘¡Fue en legítima defensa! Ella me agredió’ -argumentó- ‘y yo la descuarticé’, le faltó agregar). Leo el reporte oficial acerca de la muerte de Ernestina Ascensio Rosario, anciana indígena de la sierra Zongolica. Leo también las declaraciones del obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda: ‘ya todos quieren ser como la Constitución para ser violados constantemente’ 1. Si dicha en cualquier momento esta frase es -por decir lo menos- desafortunada, dicha mientras continúa el juicio en la ciudad de Los Angeles en contra del arzobispo de México por encubrimiento de pederastas, me parece de un mal gusto y una grosería que resultan insultantes para la sociedad mexicana.
Y me pregunto -a lo mejor les va a parecer una verdad de Perogrullo- si lo que hay detrás de todo esto no es acaso el absoluto desprecio de nuestra sociedad por el cuerpo femenino.
Tantos argumentos, tanta discusión, tantas agresiones que vienen del lado de los intolerantes de siempre -con Provida a la cabeza- por querer evitar que las mujeres mueran por abortos realizados en malas condiciones.
Tantas mujeres, señor secretario de Salud, como para que esta práctica se haya convertido en la tercera causa de muerte materna en el DF; la quinta a escala nacional.
Tantos argumentos, tanta discusión, para lograr que las pobres de nuestros país no sigan muriendo. Nadie quiere ser violada, señor Cepeda; nadie quiere ser golpeada; nadie quiere vivir con miedo; nadie quiere morir solamente por el hecho de ser mujer. Todas queremos ser respetadas, queridas, cuidadas. Quienes además decidimos (atención al verbo: ‘decidir’) ser madres, queremos traer al mundo hijos deseados para que también sean respetados, queridos, cuidados. Todas queremos tener la oportunidad de decidir cómo y cuándo embarazarnos, cómo y cuándo criar a nuestros hijos.
Según la Organización Mundial de la Salud, en América Latina se realizan alrededor de 6 millones de abortos ilegales al año, de los cuales más de medio millón tiene lugar en México. Por eso exigimos: ¡Ni una muerta más por aborto clandestino!
Tienen razón, señores, defendamos la vida.
1: Citado por Enrique del Val en su artículo ‘Derecha retrógrada’, El Universal, 29 de marzo de 2007.
*Doctora en letras y vicerrectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana
Ética y Cuerpo