Nota aparecida en Diario Río Negro, 14 de junio de 2005.
Por Susana Yappert
En 1856, Buenos Aires, sitiada por las fuerzas federales, se vio sacudida por un crimen. Clorinda Sarracán, de 26 años, esposa de Jacobo Fiorini, treinta años mayor que ella y reconocido retratista de la aristocracia, fue acusada de matar a su marido. El caso conmovió profundamente a la gran aldea. Sus habitantes, y sobre todo sus mujeres, vieron en Clorinda una suerte de reencarnación de Camila O’ Gorman, cuya ejecución ocho años antes era aún una herida abierta.


Todo comenzó cuando, el 25 de octubre de aquel año, la policía de Santos Lugares encontró el cadáver del pintor italiano. Clorinda Sarracán, por entonces, tenía 25 años y hacía varios años que estaba casada con Fiorini. Ella era una adolescente cuando la habían obligado a casarse con este hombre que no amaba. Los vecinos del pintor alertaron a la policía. Le dijeron que Clorinda tenía un amante, un capataz de su chacra, llamado Crispín Gutiérrez. Bastó la suspicacia para que todas las sospechas cayeran sobre ellos. El amante de Clorinda, acorralado, confesó que ayudado por su hermano había asesinado al pintor con un golpe certero de maceta que impactó sobre la cabeza de la víctima. La viuda negó haber participado del crimen. Asumió la defensa de la joven el prestigioso jurista Carlos Tejedor, extrañamente un duro defensor de la pena de muerte y uno de los arquitectos de nuestro Código Penal.
El juicio tuvo en vilo a la opinión pública. El juez del caso, Navarro Viola, a pesar de ser un conocido militante en contra de la pena de muerte, firmó la sentencia: Clorinda, su amante y el hermano de éste serían ejecutados, igual que Camila y Ladislao, a la vista de todos en la plaza central (para lo cual -dicen- la gente alquiló balcones) y ya muertos, sus cuerpos serían colgados de una horca y exhibidos al público. No le importó al juez que el asesinado Fiorini hubiera tenido relaciones con la madre de Clorinda cuando ésta era una niña, ni que el pintor fuera su tutor antes de casarse con ella, ni que éste la esclavizara sexualmente… Tampoco importó que la ley no contemplara pena de muerte a una mujer, ni que fuera madre de cinco hijos. Ni que ésta estuviese sometida a un hombre que -por ende- la ultrajaba y violaba cotidianamente. Le impusieron la pena máxima. Y la condena movilizó a Buenos Aires. Una extrañeza para la época. Sobre todo porque a la cabeza de las manifestaciones estaba gran parte de la sociedad porteña que se movilizó en defensa de la homicida. Sí, de ella.
Al frente de estas expresiones estaba Mariquita Sánchez de Thompson, quien reunió nada menos que siete mil firmas (un poco menos del 10% del total de la población de entonces) para frenar la ejecución, tras efectuar la primera marcha feminista de que se tenga memoria. Pero no sólo la población femenina -que consideraba que Clorinda era una víctima de un sistema injusto, autoritario y patriarcal- defendió a la joven, la opinión pública en general -motivada por un formidable despliegue de la prensa- se sensibilizó con el caso, uno que cambió el curso de los acontecimientos. Luego de conocerse la sentencia, el abogado defensor pidió la anulación de la pena afirmando que su pupila estaba embarazada. Logró así que su ejecución se pospusiera por tiempo indeterminado. Doce años más tarde, Clorinda salió en libertad sin haber parido en la cárcel. El caso transformó a la sociedad, que ya no tuvo que presenciar el horrendo espectáculo de ejecutar a enamorados, a reos o a locos.
El caso no sólo despertó a la sociedad, sino que desencadenó un proceso de transformación del sistema judicial argentino, pues las sentencias de muerte cayeron estrepitosamente y los ciudadanos ganaron en experiencia. El caso abrió un debate que latía en el seno de una sociedad que soñaba con crecer abrazada al iluminismo. Y miles de mujeres comenzaron a soñar con una realidad diferente para ellas, en la órbita de lo legal y en su diminuta realidad doméstica.
Cincuenta años más tarde, el Código Penal ya estaba en camino y los delitos cometidos por mujeres seguían diciendo que la realidad no había cambiado mucho para ellas. Para muestra de época podría exhibirse el Censo Carcelario de 1906. En 65 cárceles del país había una población de 7.741 hombres y 270 mujeres. La naturaleza de los delitos femeninos tenía el siguiente orden en importancia numérica: infanticidio, 47 condenadas y 29 procesadas; hurto, 36 condenadas y 49 procesadas ; homicidio, 43 condenadas y 18 procesadas; aborto, 12 condenadas.
Hoy, casi 100 años después de estas cifras, otro caso conmueve a la opinión pública. Otra joven mujer es condenada por un crimen. Al igual que Clorinda, Romina Tejerina fue acusada de homicidio. Si bien no le dieron la pena máxima, reclusión perpetua, el tribunal le impuso 14 años de prisión. Al igual que en 1865, miles de mujeres escucharon horrorizadas semejante condena. El hecho en sí, quién lo duda, es aberrante. El infanticidio, homicidio perpetrado para hacer desaparecer el producto de la concepción, lo es. Numerosos episodios de este tipo de delito femenino recorren la historia del país y detrás de estos crímenes hay normalmente historias aberrantes, como profundos desequilibrios psíquicos o como una violación.
Tejerina tiene por delante 14 años de cárcel y el supuesto violador de la joven está en libertad. Una realidad que podría haberse evitado si el Estado le hubiese garantizado su derecho a decidir atendiendo a su naturaleza de mujer.Y hoy como en aquella Buenos Aires sitiada, otra vez un caso judicial interpela y moviliza a la sociedad. El hecho habla a las claras de una realidad aun profundamente discriminatoria para las mujeres. Pero hoy es otro el debate que late en la sociedad, la despenalización del aborto, un capítulo aun pendiente de la política de salud sexual y procreación responsable que parece motorizada por el ministro Ginés González García.
En tanto, hay nuevas Mariquitas Sánchez de Thompson que juntan firmas, condenan la sentencia y agitan una campaña nacional por el derecho al aborto legal, seguro, gratuito, bajo la consigna «Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir».Seguirá el proceso si Romina Tejerina sobrevive a la condena. Sus defensores van a apelar y pedirán la gracia del indulto. Pero el caso, tal como ocurrió con el crimen de Clorinda, puede ser capitalizado de modo positivo si la sociedad vuelve a hacer de él una experiencia.

El crimen de Clorinda Sarracán y la condena de Romina Tejerina
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